Lenguas urbanas



Las paredes de La Habana hablan. Necesitan ser escuchadas por quienes la aman. Muchos intentan hacerlo, pero pocos lo alcanzan. No basta con pasar tiempo entre ellas, tampoco rehacerlas físicamente es suficiente. El espíritu de una ciudad vive en su gente, pero también en las piedras levantadas y vueltas a caer. La Habana conoce muy bien sobre envejecer de prisa, ver cómo una pared pierde su lustre, su pintura, para mostrarnos entonces lo que dormita bajo la superficie. La superposición de pinturas: el rojo que da paso al amarillo y este es eclipsado por diversos tonos de azul. Las grietas que delimitan el territorio de accidentes, fallas estructurales y la mano que deja un número telefónico raspado en la cal. Todo confluye aquí.

Tocar más allá de lo que el ojo ofrece a simple vista;algo que yace en la parte oscura de esta ciudad requiere de un entrenamiento avezado sobre lo cotidiano. No muchos nos detenemos a observar la mancha dejada por la humedad en nuestras casas. En el mejor de los casos tratamos de cubrirla con una nueva capa de pintura (lechada, marmolina o vinyl) que en poco tiempo estará arruinada también.

Esas paredes son el hilo conductor del cuaderno Si las paredes hablasen (Madrid, 2011). Esplendidas fotografías de Pablo Tarrero Segarra que van poniendo ante nuestros ojos las marcas del tiempo y su gente. La sucesión de paredes mostrada aquí, nos coloca frente a una galería de abstracciones; pequeñas islas de texturas diversas, que van quedando al descubierto con las capas de pintura caídas al azar.
Los poetas César López y Luis Marré comparten su espacio con el fotógrafo que procura ángulos inusuales al colocar el lente. En el caso de César, una ventana en su casa (reproducen su poema homónimo), el estudio y la vieja butaca donde el hombre nos asiste contra el tiempo; para llegar a Marré tenemos una puerta gastada,llena de señales, guías certeras para acceder a la conversación en su reducto hogareño.

Una sugerente foto, que nos permite definir mejor nuestra atemporalidad es "Suelos I". La tierra cubierta por lozas hidráulicas de diseños múltiples, sueltas, colocadas una junto a otra. Si pudiéramos seguir la ruta de cada una de ellas, la casa o edificio del cual se extrajeron, tendríamos otro mapa de la urbe.
Las paredes de esta ciudad hablan. Hay que disponerse a percibir: lamentos, sonrisas, quejas, alaridos, que en ellas se gestan y conviven a cada momento. El fotógrafo se acerca a estas memorias con pasión. Desecha cualquier trazo pintoresco desde un diálogo permanente con esa belleza subterránea que vivimos con cierto grado de ignorancia. Trata de comprender el valor de cada huella. El gesto más elemental, la mirada más feroz está cercada por la luz de una ciudad con ángel. Conversa con el misterio, sin necesidad de revelarlo, sólo pretende habitar las sombras y luces de esta Habana a veces fantasmagórica o telúrica que seduce y espanta por igual.

Rafael Enrique Hernández
La Habana 2012
La Habana es La Habana


La Habana es una de las ciudades más importantes del mundo, el historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, la cataloga entre las cinco más hermosas del planeta, “He viajado bastante y pude comparar ciudades,  García Márquez ha expresado que La Habana es una de las ciudades más bellas del mundo. Hemingway decía que sólo Venecia y París eran superiores. A mí me fascina París, me gusta mucho Venecia. pero no cambiaría ninguna de las dos por La Habana. La Habana es una ciudad que hala mucho, tiene sus propios misterios, su propia maravilla, su propio encanto, sus propios secretos. A través de una sola avenida, desde el Castillo de la Fuerza hasta los confines de Miramar, por el malecón y la Quinta Avenida, se puede ver toda la historia de su asentamiento, su desarrollo. Es una ciudad que sobrevolándola o caminándola, se ve una ciudad pensada. Como si esto hubiera sido una coincidencia de deseos a lo largo del tiempo. No es un caos reunido, sino que tiene la gracia de las grandes ciudades. La Habana tiene muchas cosas”. 

		
¿Por qué La Habana es La Habana?

	
Fueron muchos los viajeros que transitaron por La Habana, los cronistas de la colonia, desde lejanos tiempos elogiaban la gran ciudad predestinada por los dioses y los hombres; desde 1622, el fraile Antonio Vázquez de Espinosa, en una escala describe la ciudad como algo paradisiaco, un ambiente propicio para las inquietudes superiores del espíritu. 

	La Habana es la “Llave del Nuevo Mundo, y antemural de las Indias Occidentales”, así aparece por regia voluntad en la Real Cédula de 24 de mayo de 1534. Este concepto esculpido con letras de oro trajo las medidas de defensa gigantesca de la ciudad que se convierte en la más defendida e inexpugnable del continente. (E. Leal)

	Durante más de tres siglos, el puerto de La Habana se convierte en el astillero de España, donde hacia escala la Flota de Oro, cargadas de oro, plata y piedras preciosas para enriquecer a Europa. La fiebre del oro y la ansiedad cautivó la imaginación de los conquistadores, La Habana se asienta como centro y corazón de América “porque es puerto seguro de grande escala donde vienen a parar todas las naos y flotas de la Nueva España y tierra firma y Honduras con todas las riquezas y es llave y puerta del canal de Bahamas”. (Informe al rey Felipe II, en 1572) 

	Fernando Ortiz le llama la Sevilla, la Babilonia de América, el lugar de máximo atractivo y diversión del mundo. En momentos especiales de la historia se crean por diversas circunstancias encrucijadas por donde cruzan los pueblos, en etapas de gran desarrollo y riqueza. Buenos ejemplos son: Egipto, Siria, Palestina, Mesopotamia, Grecia, Roma y España. Desde luego, estas encrucijadas antiguas, no pudieron alcanzar la modernidad de La Habana.
 
	 “Oh Habana ilustre, erario seguro, reposo de los mayores tesoros que ha visto el universo. No solo conozco lo que eres, pero también lo mucho que intrínsecamente vales. Oh Habana, la menor de América. ante tu formal grandeza célebre serás en la posteridad de los siglos”. (Tal fué la valoración que España daba a La Habana en 1663, a través de Francisco Dávila Orejón, Gobernador y capitán General de Cuba). 

	Por la grandeza de la capital habanera se construyó el más poderoso sistema de fortificaciones del Nuevo Mundo: coronado por el complejo Morro Cabaña, una fortaleza ciclópea, lo cual hizo que Carlos III desde el balcón de su palacio extendió un catalejo para contemplar desde España los altos muros de La Cabaña que tanto costaron.

	Desde entonces La Habana se convierte en una de las principales urbes del mundo: más poblada y apreciada que Boston, Nueva York o Filadelfia. El auge del azúcar transformó a La Habana de tierra de paso en terminal. Hacia fines del siglo XVIII unos mil barcos entraban por la bahía para cargar azúcar y descargar mercancías. En dos momentos La Habana, a consecuencia de las ventas del azúcar, pasó a ser la ciudad más rica de todo el planeta; sus castillos y mansiones babilónicas lo demuestran.

	 La Habana conoció rápidamente los inventos mundiales ferrocarril, teléfono, electricidad, cine, radio, televisión, mucho antes que los países de toda América Latina. La riqueza material y cultural es propicia por el cruce de culturas: Encuentro y síntesis, calidoscopio del que brota la frondosa cultura, rica, viva y universal.

	“Los mejores informados sabían que Cuba había sido la colonia más culta de España, la única culta de verdad, y que la tradición de las tertulias literarias y los juegos florales permanecían incorruptibles. Se publicaban las revistas de artes y letras. Se trasmitían folletines radiales interminables, junto a obras de Lezama Lima, pinturas de Amelia Peláez y Wifredo Lam, una realidad casi mítica”. (Gabriel García Márquez, Primera Visita a La Habana)

     Es proverbial que La Habana siempre fue la Plaza Fuerte de Teatro de América. “Vamos a hacer América”, una frase que se repetía por directores, empresarios y artistas. La Habana se escogía como inicio del periplo. En la capital de América se encontraba un público conocedor, quien no triunfara en La Habana difícilmente podía sonreírle el éxito en otras capitales. 

Por Cuba han pasado grandes celebridades: Almirantes como Cristóbal Colón, genios científicos como Albert Einstein, altos mandatarios o artistas. Por esta tierra desfilaron los más famosos cantantes, músicos, y comediantes de España, Italia y Francia. Hoy todavía muchos artistas quieren hacer La Habana, pagándose sus propios gastos. 
	
	En suma La Habana fue la ciudad de más teatros, cabaret, bares, cines en la primera etapa del siglo XX. “La Habana  tiene un  privilegio que sólo conocen las grandes capitales del mundo. Sus calles son un espectáculo perenne: teatro, caricatura, drama, comedia o lo que sea. Pero hay en ella materia viva, humanidad, contraste, que pueden hacer las delicias de cualquier observador.” (Alejo Carpentier)

La Habana no es sólo su historia, cultura y sangre, también lo es su gente, quienes dan vida y permanencia a la gran ciudad porque La Habana es La Habana.

Rafael Lam.
La Habana 2010
Memoria de las paredes



Pablo Tarrerro es un fotógrafo muy singular. Inquieto, culto, observador, un caminador incansable que ha recorrido las calles de La Habana por el placer de disfrutar una ciudad que ha sabido hacer suya, conocer su gente, entrar a sus hogares. Ha vivido en ella como uno más y esa experiencia le ha dado una visión privilegiada, la cual revela ahora con perspicacia e inteligencia.

Sus fotografías rehuyen los tópicos comunes, ya gastados, que suelen atribuirse a Cuba y su capital. Aquí no encontrará el espectador mulatas espectaculares, coches antiguos, tambores y rituales cuasi folklóricos, salpicados de ron y azúcar. Pablo está bien distante de la visión turística y de la mirada apocalíptica de los que buscan los lunares en la historia de la mayor de las antillas.

Aquí es casi palpable la ternura, la complicidad y la identificación con el destino de su objeto artístico. Más que la geografía física de la ciudad, Pablo retrata la geografía espiritual del locus, de esa Habana que no deja huella en él a través de sus edificios, parques, plazas, monumentos, sino a través de los detalles pequeños, cotidianos, casi íntimos. En su representación de las paredes, en su textura, alude a la piel de la ciudad, aquella que guarda en sus marcas, en la huella de cada rincón, la memoria de generaciones enteras.

Escenas costumbristas, rostros humanos, imágenes de animales, son detalles que complementan y refuerzan su visión del paisaje urbano de La Habana. La luz, el tono áureo, el humor y ciertos pasajes surrealistas ayudan a conformar una imago citadina con tonos de universalidad. Una muestra de elevados valores estéticos, en la cual la excelencia técnica del artista y su aguda sensibilidad, dan como fruto una visión entrañable de la ciudad en la cual, Pablo Tarrero, practica el ejercicio espiritual de buscar los destinos de sus antepasados y el suyo propio.

Ernesto Sierra
La Habana, 2011
Una pared, otra y muchas paredes que denuncian



¿Orificios de balas? ¿Sesos incrustados? ¿Contrapublicidad? ¿Salpicaduras de neumáticos? ¿Sangre? ¿Grasa? ¿Agenda de teléfonos? ¿Paredón? ¿Actos de última voluntad? ¿Rúbrica de reclusos? ¿Conjuros? ¿Testimonios? ¿Sexo rápido? ¿Consignas? ¿Cicatrices de la Historia? ¿Pedestal? ¿Grafiti? ¿Catarsis? ¿Minimalismo? ¿Verdades silenciadas? ¿Qué vehemente obsesión por rescatar la identidad en tiempos de cita a ciegas, de extremismos, de lavados de cerebros, de crisis, de obsolescencias programadas, de nuevo orden y del creciente liderazgo de lo insubstancial? Es sabido que vemos, escuchamos, decimos, y por ende, interpretamos lo que más se aproxima a nuestro ideal, a nuestra concepción del mundo, junto a la medida en que nuestros miedos y fantasías nos configuran la realidad.

Es preciso hacer un stop y analizar más de una vez para admitir que observamos cada vez menos, a pesar de codiciar tan vehementemente el cuestionable progreso de esta Era de la Globalización, a pesar de tener al alcance tantos medios de informativos, redes sociales, blogs, etc. Pero lo cierto es que basta sólo echar un vistazo para rendirse ante las dramáticas evidencias y constatar el resquebrajamiento de nuestra falsa idea de progreso en el orden humano, y para vislumbrar lo que pudiera ser hoy nuestro mundo, nuestra civilización según nuestro nivel de desarrollo tecnológico alcanzado en pos de la humanidad y no en pos de incrementar el consumismo, que sumerge al hombre en un océano de complejas insatisfacciones.

¿Cómo puede ser fidedigno aquello que se inculca sin argumentos, y que a la vez nos esclaviza?

Pablo Tarrero, fotógrafo de “extraña sensibilidad”, como tiene que poseerla aquél que busca y nos busca en la verdad más difícil. Él habla en muchas lenguas, puede viajar, peregrina, mal come entre las páginas del rito, huye de la hoguera no para salvarse, sino para arder en ella, rescatando los indicios de la ruta perdida de tantas generaciones, y aporta a sí y a los demás su propósito y responsabilidad como hombre y artista que es. No se puede justificar la existencia con espejismos, frenesíes o empeños vacíos, hay que dejar la huella del corto y gran riesgo que implica vivir. “Hay que sentir la humedad de los muros, los gritos que sangran de ellos, y besar el plomo para valorar y abrazar, en medio del dolor, la paz”, nos dice el artista. Y sin recelo yo le creo.

Sus hallazgos son la biopsia del contexto de donde fueron captadas estas diversas imágenes reproducidas, son piezas impregnadas de arcaicas civilizaciones, elegidas por su telescópica
inquietud, que se atrinchera en medio del fuego para remover el drama humano y oprimir con clarividencia el obturador. Quien mira estas dactilares del tiempo de Nablus desdeña o afirma su compromiso con la cultura y la identidad. Obsérvelas y de golpe vendrían aquellas pesadillas goyescas a la memoria, a la conciencia.

Si observamos las paredes de Pablo puede parecernos aparentemente algo fatuo, incipiente... pero ojo, sucede como en el ojo del huracán, la calma aparente distrae al observador poco avezado, con lo cuál no significa calma, sino más bien el presagio del caos que acontecerá. Y allí él para demostrarlo. El artista tiene que ser categórico. Sin saber lo que nos sacude, hurga y participa, nos hace un aliado sustancial de sus visiones o premoniciones. Él zanja las marismas del poder. El lodo le da hasta las narices. Resiste. Sabe que en el fondo están los Naipes de la gran jugada. El aire es irrespirable. Persevera. Desde allí nos remite a la arcilla vital desde donde tiene que brotar la creación de los artistas de verdad.

Él no es San Pablo, pero en su alma, como en la de San Sebastián, la espina le desgarra, sangra, afirma y expresa su necesidad de más luz, lo cual le hace incondicionalmente un ciudadano del mundo, alpinista de su propio cosmos perfectible. Es un viajero que está en la encrucijada de los que sufren y tiene que dejar constancia de ello. La Habana, Mallorca, Verona, Arles, Berlín, India... tienen en su imaginario y en su carne partículas de sus transculturaciones.

Él, su obra y la realidad nos dicen “Basta de engaños. Despertad. Las bestias no se han ido nunca, están aquí y ahora con nosotros.” Las imágenes nos obligan a conectarnos con ellas, a engrasar la tan socorrida maquinaria del olvido y a vernos en ellas como transeúntes del desvarío, como dueños de nuestros destinos.

Tanto para Tarrero como para mí queda claro la implicación y riesgo de ser un excavador, de ser un trashumante próximo al mayor desafío. Pablo es el chamán que hechiza cual faquir las cicatrices de los muros, las paredes, de ese pretexto de distancia latente. Sabe mucho de lo que ellas saben cómo autoras o coautores, por eso el artista se empeña en traer a la conciencia el horror, el placer, el pasado, para proponernos una cita con la responsabilidad de la humanidad y desvelarnos las muchas pretensiones de una cultura en decadencia. Si las paredes hablasen cuantas cosas contarían. Por ejemplo, que no habrá pan para el naufragio ni garantías para el retorno. Pero también contarían que en las creaciones de Pablo Tarrero puede uno suspirar de amor, de fe, de esperanza, recostado sobre una pared cualquiera del universo.

Jesús Lara Sotelo
España, 2014
Exposición Road to Kashi
Centro Hispano-Americano de Cultura de La Habana
abril - mayo // Bienal de La Habana 2015
 


Reza la leyenda hindú que si mueres en Kashi y te incineran en el río Ganges, se rompe el ciclo de reencarnaciones y el alma va directa al paraíso. Kashi o Benarés, como también se le conoce, es una de las siete ciudades sagradas del hinduismo y es considerada la ciudad habitada más antigua del mundo. Está situada a orillas del Ganges y hasta allí van miles de peregrinos a purificarse de pecados sumergiéndose en las aguas del rio.

Dos viajes ha realizado a esa ciudad santuario, y a lo largo del norte de la India, el fotógrafo español Pablo Tarrero. Inspirado en la lectura de los libros El olor de la India, de Pier Paolo Passolini y, Tigre Blanco, de Aravind Adiga, Tarrero emprendió en 2008, primero y, 2012, después, sendos viajes al interior del fascinante país asiático, en un periplo muy personal, en el cual hace confluir la experiencia íntima, el viaje como ruta en busca de conocimiento y el concepto artístico y cultural, a través de la fotografía: “En realidad se trata de fotografiar a otros, en este caso a los hindúes, para no hablar de mí mismo”.

Pablo se revela entonces como fotógrafo de la geografía humana, el paisaje que le interesa es el del hombre y su impronta más inmediata, por eso rehúye la visión folklórica o turística. De ahí la ausencia de estereotipos en sus imágenes, tales como las cobras danzantes, los elefantes o los Taj Mahales. Con cierto riesgo técnico, mezcla el uso del blanco y negro con el color, en instantáneas de paso, rostros de hombres y mujeres, huellas en las paredes, un frontón, un perro o un auto abandonados, un rincón de un templo donde resaltan el hombre y su huella, no la monumentalidad de la arquitectura en sí misma. Es la visión anti épica, a escala muy humana, del viajero-fotógrafo que va en busca del detalle, en un territorio donde lo sagrado, lo divino, milenarios, parecen tragarse la individualidad del alma, la escala cotidiana. 

Un viaje nada usual, iniciado en un apartado desierto pakistaní, recorriendo el septentrión hindú hasta llegar a la ciudad sagrada, guardando en la pupila lo sacro y lo profano, el erotismo y la religión, los rostros humanos y los caracteres de las miles de deidades, en una India que por su historia y cultura de leyenda, sigue siendo cuna de la civilización así, como lo muestra Road to Kashi.

Ernesto Sierra (Director Centro HispanoAmericano de Cultura)
Abril 2015

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